lunes, 31 de octubre de 2011

Y ese silbido, es casi una puteada tambien

lunes, 31 de octubre de 2011
Era el año 1964, Martín Campos desde Roma, y Roberto Santoro desde Buenos Aires, supieron mantener esa entrañable amistad dejando miles de palabras flotando como barriletes en el mar. Y con ellas, siembre una Buenos Aires eterna, un país desgarrado, una puteada al aire, y fantasmas.



ROMA, 24 de diciembre de 1964

Querido Hermano


"...Tengo ganas de escribirte y de estar sentado a tu lado en un banco del parque Centenario, hace calor, mucho calor, pero los árboles dan una sombra fresca y hay parejas paseando por los senderos semicirculares. El teatro no está vacío. Está lleno de fantasmas italianos Rigoletti, Alfredo, y el punto aquel que cuando lo veían toda roma temblaba y todos los que vos quieras. Están escondidos, prisioneros de las pelucas que coronan las escobas gastadas. Porque no son más que eso. Viejos de toda vejez. Estamos sentados en el medio de la plaza y oímos un silbido largo y bajito, un silbido de arriero del sud, arriero de vacas y no de cabras, arriero de vacas y no de ovejas, arriero de soledad, de aquí del sud, de Saladillo o de Chivilcoy, o de General Villegas. Porque a mí me gustan también vidalas, pero me siento mejor montado en una milonga monótona y perezosa, con quejidos carretas por un camino largo que a veces baja hasta una aguada y nada mas. Te decía que oímos ese silbido largo, como de arriero, como de hombre solo al perro que se ha ido a husmear en la basura y se lo llama, porque hay un animal muerto y no me gusta que mi perro hociquee en los despojos. Un silbido largo que tenemos que soltar para llamar a nuestros fantasmas, a nuestros propios y verdaderos fantasmas. Con nuestra tierra llena de cadáveres que esperan nuestros recuerdos. Son hombres que cayeron en nuestros combates y en nuestras batallas, y que se han blanqueado a los soles del verano sin que nadie les diga una palabra, sin que nadie los recuerde, mientras nuestros poetas inventan elegías italianas y ganan segundos premios, nuestros huesos se han convertido en tierra y se han mezclado con nuestros estiércoles y han hecho madurar el trigo con manos gringas de aquí sobraban..." 


"...Y ese silbido largo que te digo, hermano, no se parece a ningún otro silbido. Es un silbo que no hace el viento, no el pájaro, ni el agua. Tampoco saben hacerlo los chicos ni las víboras. Es un silbido largo y bajito, con te digo de los que se usan para llamar a los perros o sermonear a una vaca inquieta, es el silbido que advierte del longazo que se nos viene. Es casi una puteada tranquila también. Hermano: tenemos que recuperar ese silbido. Si vos, si todos ustedes estuvieran aquí me comprenderían mejor. Yo desde aquí he perdido la noción de las palabras. No sé hasta donde soy presuntuoso o mimoso, payaso o falso, engreído o entarimado. Sé que no se me puede comprender lo que yo quiero decir, pero sé también que cuando vuelva no voy a poder hacer entenderme mejor. Por eso estamos sentados en el Parque Centenario, bajo el sol de diciembre, haciendo dibujitos egipcios con una ramita en la tierra de los senderos, y hay olor a perros sucios que vienen desde el Pasteur y lejos se oyeron sus ladridos, y más allá el ruido de los motores de los ómnibus cargados de olor a nafta y abiertos al calor húmedo de nuestra piramidal Buenos Aires. Hermano querido. Discúlpame  Hoy estoy con bronca grande en el corazón..."

Martin Campos   
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